A los nueve o diez años moría por un álbum de stickers, que todos tenían en el colegio y yo no. Ahi pegaban esas maravillas de colores de las que todavía recuerdo el olor a plástico , pegamento y como a frutilla. Pero como mis viejos no me compraban uno, agarré uno de esos libritos donde se ponen las fotos, y los pegaba ahí. El concepto era el mismo, pero yo seguía deseando tener el verdadero. La frustración era demasiado grande, y no me acuerdo durante cuanto tiempo me sentí miserable por eso. Hasta que un día lo pedí y simplemente, me lo compraron. Y experimenté por primera vez creo, la sensación que me acompaña desde entonces (emos a abstenerse)... el obtener ese álbum de stickers, no fue gran cosa. Me dió casi lo mismo. Ardía en deseo de obtenerlo, pero cuando lo tuve... Diría mi amigo the story is old, i know, but it goes on. Digo esto para recordarme a mi misma cosas. Públicamente, para que haya testigos.

La felicidad no puede costar diez pesos y tener una montañita en la tapa. GROSO.




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Estas son las páginas de un libro sin nombre.-